MERCADO – Un producto puede ser rico en fibra y, aún así, no ser integral. Esta es la situación en la que se encuentran cereales, panes, pastas o galletas, ocasionando una gran confusión entre los consumidores y gracias a un etiquetado publicitario que solo garantiza parcialmente que sea integral, junto con la laguna legal correspondiente.

Cuando leemos en el envase de un producto, fuente de fibra, quiere decir que ese alimento tiene más de 3 g de fibra por cada 100 g de producto. Si dijera, alto contenido de fibra, garantizaría el doble: al menos 6 g de fibra cada 100 g de producto. Y es que cuando se entra en el terreno de lo integral, se suelen mezclar porcentajes, usando una parte de cereal integral y otra de cereal refinado. Holanda, por ejemplo, solo permite llamar a un pan integral, si tiene al menos la mitad de su harina integral. Alemania es más estricta, pues exige un 90% para el pan y un 100% para la pasta.

En España no está especificado este porcentaje. De hecho, los panes se convierten en integrales cuando los fabricantes les añaden fibra. En los supermercados hay varios ejemplos de barras integrales con un 0% de harina integral, a la que le añaden salvado a posteriori, y así aumentan la presencia de fibra.

Estados Unidos tampoco es un gran ejemplo en este sentido. Allí les vale con que el ingrediente mayoritario sea integral, independientemente del porcentaje total.

Con todo ello, la única manera de saber si un producto es integral es fijándose en el detalle de los ingredientes de su etiquetado. De este modo, en dicho apartado hay que identificar como primer ingrediente que la harina, sea del cereal que sea, sea integral o de grano entero. Si en el ingrediente principal no pone, harina o sémola integral, el alimento no es integral.